IGUALDAD SOCIAL Y ESFUERZO DEL ESTADO DE BIENESTAR

A mayor igualdad de ingresos, no necesariamente mayor igualdad en calidad de vida.

Por Ruut Veenhoven

Publicación presentada en la conferencia internacional de sociología ‘Towards the Good Society. Applying the Social Sciences ’

Traducción realizada por Jorge Ramos Palacio

RESUMEN

La igualdad social está muy valorada en la actual sociedad occidental y se considera uno de los principales objetivos de la política social. Generalmente se piensa que la prestación de bienestar por parte del estado es un medio apropiado para lograr dicho objetivo y, de hecho, todas las naciones occidentales son Estados de Bienestar. Todavía existen diferencias de opiniones respecto al nivel  de esfuerzo requerido para alcanzar el Estado de Bienestar, en particular sobre la cuestión de si un Estado de Bienestar desarrollado produce una sociedad más igualitaria que uno cuyo Estado del Bienestar es más modesto. Este es el debate que presentamos en el documento actual sobre la disminución del Estado de Bienestar.

Este trabajo analiza si el esfuerzo por aumentar el Estado de Bienestar va realmente acompañado de una mayor igualdad social. Compara los gastos de seguridad social y la desigualdad social existente en los 23 primeros países mundiales. La desigualdad social se mide de dos formas:

            Tradicionalmente, como un parámetro de diferencia sobre la escasez de recursos, especialmente los recursos socio-económicos, como la renta, la salud y la dignidad social. La comparación de la desigualdad de ingresos entre los países muestra una menor desigualdad en la mayoría de los Estados de Bienestar consolidados.

            En lugar de concebir la desigualdad social como  las diferencias en tales condiciones  preestablecidas para el logro de una buena vida, se puede entender como la diferencia existente en la calidad de vida realmente ‘reconocida’ y se puede medir mediante las dispersiones en la satisfacción de vida (según se comprueba en los datos obtenidos en la encuesta) y mediante la dispersión en la esperanza de vida (como se observa en las estadísticas de mortalidad). Estas dos últimas medidas no están relacionadas con el esfuerzo del Estado de Bienestar: no aparecen ni en un análisis transversal ni en uno longitudinal.

Se concluye que un Estado de Bienestar consolidado implica mayor igualdad económica, pero no iguala las oportunidades para lograr una buena vida.

INTRODUCCIÓN

El ideal de la igualdad social

El ideal de la igualdad social defiende que todos los ciudadanos tengan las mismas oportunidades en la vida. La variante mínima de este ideal de ‘igualdad de oportunidades’ significa ‘competencia justa’ para los recursos escasos. Si se basa en la atribución, la desigualdad se rechaza, pero es aceptable si proviene de las diferencias en la realización. Las variantes máximas del ideal también exigen una vida decente para todos, independientemente del logro alcanzado. Ello requiere una redistribución entre el débil y el fuerte.

            Desde que existen las sociedades humanas hay una gran tensión entre los ideales igualitarios y elitistas. Desde La Ilustración, el igualitarismo llegó a ser dominante en la sociedad occidental. Las desigualdades de la sociedad feudal quedaron niveladas por las revoluciones liberales y, como consecuencia de ello, las reformas socio-democráticas redujeron las desigualdades del capitalismo. La supresión de la mayoría de las diferencias sociales importantes no disminuyó el interés por el ideal; La igualdad social aún ocupa un lugar prominente en la agenda de los políticos.

            Existen diversas maneras de perseguir el objetivo de la igualdad social: redistribución del poder (entre otros, por la introducción del sufragio universal), redistribución del conocimiento (e.o., por la educación obligatoria) y redistribución de ingresos (e.o., por la seguridad social). El último planteamiento se basa en los llamados ‘Estados de Bienestar’.

Objetivos igualitarios del Estado de Bienestar

Los Estados de Bienestar son naciones que garantizan a sus ciudadanos un mínimo nivel de vida, suministrando ingresos suplementarios y/o servicios; como tales Estados de Bienestar respaldan la máxima definición de igualdad de oportunidades. Aspiran a una vida decente para todos los ciudadanos, incluso para los perdedores en competencia por los escasos recursos sociales. Los verdaderos Estados de Bienestar también intervienen en esta competición a favor del débil. Lo hacen regulando la competición (p.ej.: pautas de seguridad, salarios mínimos, etc.), aumentando las oportunidades de competir del más débil (por ejemplo: educación libre, acción positiva, etc.) y moderando los beneficios del más fuerte (p.ej: impuestos progresivos).

            Todas las naciones occidentales modernas emplean tales políticas, con lo cual, todas estas naciones se pueden llamar realmente Estados de Bienestar, aunque existen grandes diferencias en el grado de compromiso por parte del Estado. En este sentido podemos decir que algunos de los Estados de Bienestar lo son más que otros. Sería más apropiado decir que los Estados de Bienestar se diferencian en ‘el esfuerzo del Estado de Bienestar’ o que el Estado de Bienestar está más ‘extendido’ en algunos países que en otros.

Efectos deseados del esfuerzo del Estado de Bienestar sobre la igualdad social

Generalmente se piensa que el nacimiento del Estado de Bienestar ha participado  significativamente en la reducción de la desigualdad social en las sociedades occidentales, aunque existen diferentes opiniones sobre si los Estados de Bienestar más consolidados producen una sociedad más igual que los menos afianzados. A la izquierda del espectro político la opinión dominante es: ‘a mayor esfuerzo del estado, mayor igualdad’; a la derecha se cuestiona esta opinión. Incluso algunos radicales de la Nueva Derecha pretenden que el bienestar del estado benevolente origina mayor desigualdad social a largo plazo, en lugar de reducirla.

            Esta diferencia figura eminentemente en el actual tratamiento de la reducción del Estado de Bienestar. La oposición pronostica que los recortes en los gastos de bienestar crearán inevitablemente nuevas argucias, incluso en los Estados de Bienestar desarrollados. Ellos reivindican que ‘la pobreza’ está reformando a una sociedad acaudalada y previenen de una división creciente (‘sociedad dos tercios’, ‘nueva clase marginada’). Por otro lado, los partidarios de una reducción del Estado de Bienestar dicen que los recortes son necesarios para mantener una neta seguridad social básica, que ven como más importante para la igualdad social a largo plazo. Además, objetan que la ‘nueva’ pobreza no es tan mala como solía ser y  menos permanente como para crear una nueva clase marginal.

La visión positiva. La hipótesis de que un Estado de Bienestar desarrollado provoca una mayor igualdad social que uno menos consolidado se basa en los siguientes argumentos:

            En primer lugar, la igualdad social se entiende como una forma de corregir los males del capitalismo y la mejor manera de alcanzarla sería mediante la redistribución de la riqueza, especialmente por medio de la seguridad social y otros gastos procedentes del bienestar. Cuanto mayor sea la participación de la renta nacional en este propósito, menor será la desigualdad.

            En segundo lugar, se considera al Estado como la mejor institución para realizar esta labor. El Estado es el único que tiene el poder necesario para recaudar el dinero de aquellos que tienen mucho y son reacios a entregarlo. Es más probable que el Estado tienda a la igualdad al redistribuir el dinero, en los gobiernos democráticos dependiendo del voto masivo. Por último, un papel prominente del Estado en la producción y distribución del bienestar es de esperar que fomente sentimientos de seguridad y solidaridad, lo que contribuye a lograr una cultura más igualitaria.

La visión negativa. Se manifiestan los siguientes argumentos a favor de la hipótesis contraria, es decir, que un gran esfuerzo del Estado de Bienestar no crea una mayor igualdad social.

            En primer lugar, es bastante dudoso que sólo con lograr mayor bienestar se produzca mayor igualdad. Se considera que el bienestar está sujeto a la ley de los ingresos decrecientes, es decir, que las disposiciones básicas producen más igualdad por inversión unitaria que el ‘lujo’ añadido. Los actuales Estados de Bienestar considerados ‘elevados’ podrían entonces reducirse sin una pérdida sustancial en igualdad.

            En segundo lugar, se cuestiona la superioridad del estado como productor de bienestar. El estado sería insensible a la demanda del consumidor y suministraría demasiados servicios erróneos, al tiempo que distribuiría y produciría de manera poco eficaz. Su capacidad se vería limitada por problemas fiscales. Por lo tanto, un sistema mixto produciría más bienestar al mismo precio y, de este modo, obraría igual de equitativamente.

            En tercer lugar, se afirma que los Estados de Bienestar desarrollados tienden a crear involuntariamente nuevas desigualdades, la combinación de disposiciones benevolentes y de un control poco estricto conducen a la población a ‘trampas de pobreza’. La moderada atención del estado o la prestación de bienestar por parte de instituciones no gubernamentales entrañaría mayores incentivos para el éxito y no fomentaría la renuncia a permanecer en una posición de clase marginada.

Tema de investigación

Probablemente todos estos argumentos tienen parte de verdad. El esfuerzo del Estado por alcanzar el bienestar puede ejercer tanto efectos positivos como efectos negativos sobre la igualdad social y no es posible conocer como unos y otros actuarán entre sí y lograrán un equilibrio. Es mejor enfocar el asunto empíricamente, evaluando los resultados netos. Por lo tanto, en este trabajo comprobaremos si un elevado esfuerzo por parte del Estado para lograr el bienestar proporciona una mayor igualdad social o no; Es lo que hace la hipótesis nula.

MÉTODO

Contestamos a la cuestión comparando la desigualdad social existente en países grado de esfuerzo del Estado para alcanzar el bienestar es diferente.

Se valora lo siguiente:

1)      si un esfuerzo bajo va acompañado de una gran desigualdad;

2)      si al incremento en esfuerzo del bienestar le siguió una disminución en la desigualdad y,

3)      si esta disminución fue más pronunciada en los países donde más se desarrolló el Estado de Bienestar.

Países

Hemos restringido el análisis a los países llamados del ‘primer mundo’. Se trata de países relativamente ricos e industrializados que proporcionan un cierto grado de Estado de Bienestar, pero cuyo esfuerzo del Estado varía entre unos y otros. Los países del ‘segundo mundo’ (anteriormente comunistas) no están incluidos en este análisis. A pesar de que estas naciones son también Estados de Bienestar, su situación es demasiado diferente para permitir extraer conclusiones significativas. Los países del ‘tercer mundo’ se han dejado fuera porque la mayoría de ellos apenas proporcionan ningún tipo de bienestar.

            Actualmente el mundo cuenta con unos 30 países del primer mundo. En 23 de ellos encontré datos comparativos, tanto sobre el esfuerzo del Estado de Bienestar como sobre la igualdad social.

Medidas del esfuerzo del Estado de Bienestar.

Existen varias formas para comparar en qué grado los estados proporcionan servicios sociales a sus ciudadanos: son indicadores legales y financieros.

Indicadores legales

Ya que los estados suelen operar en base a las leyes, se puede confeccionar un inventario de los diversos servicios legales de cada país y asignar ponderaciones a su importancia y alcance. Hasta ahora, solamente existen dos indicadores de este tipo para un número suficiente de países. El primero es el Índice de Bienestar de Estes, basado, de hecho, en el año en que un país adoptó sus primeras leyes. (Estes 1984: 24). Se puede hacer una primera adaptación con datos más actuales, sin embargo no es necesario hacerlo, el caso de Inglaterra es un ejemplo de lo contrario. Por lo tanto, está claro que este indicador tiene sus limitaciones. El segundo indicador legal es el ‘cálculo de desmodificación’ de Esping-Andersen (1990), refleja el alcance de los derechos de seguridad social en términos de valoración, generalidad, nivel de concesiones y reparto colectivo de la financiación.

Indicadores financieros

Otra posibilidad es comparar la cantidad de dinero que dedican los estados a los servicios sociales, lo que resulta más sencillo en la teoría que en la práctica.

Un primer problema es definir cuáles son los ingresos de la cuenta nacional más indicativos. Una elección habitual es centrarse en un ingreso bastante bien definido como “la salud” o la “vivienda”, considerando que los países que gastan una gran cantidad en este sector lo harán también en otros servicios sociales. Sin embargo, a menudo no es éste el caso: por ejemplo en Estados Unidos gastan una gran suma de dinero en educación, pero muy poco en seguridad social. Es mejor incrementar los gastos en unos cuantos conceptos principales: p.ej. vivienda, educación, salud y seguridad social. El problema de este método es que requiere definiciones idénticas y datos fiables en un número suficiente de países. Se puede paliar ese problema con una mayor visión global y sumando todas las transferencias de ingresos. El último método acentúa el aspecto distributivo del Estado de Bienestar.

            Otra forma es partir del gasto total gubernamental y quitar los gastos que no conciernen a los servicios sociales, como defensa e inversiones económicas. Una desventaja de este método es que no se pueden eliminar todos los gastos que no sean servicios, especialmente porque muchos de los ingresos del libro de contabilidad nacional son de carácter mixto. Por otro lado, este método evita muchas dificultades de definición, como en el caso de Suecia, donde el desempleado consigue trabajos temporales en lugar de beneficios sociales y, por lo tanto, los gastos de seguridad social son relativamente bajos. 

Ninguno de estos indicadores se puede considerar el mejor. Por ello, todos estarán incluidos en el análisis.

Un segundo problema es la distinción entre los servicios sociales producidos por el estado y por las organizaciones no gubernamentales. En los países del primer mundo es bastante posible distinguir entre el sector estatal y el del mercado, pese a que la clasificación de corporaciones semi-gubernamentales provoca decisiones difíciles e incluso a veces arbitrarias. Las estadísticas de la OCDE proporcionan una clasificación muy aceptable en la cual podemos confiar.

            Sin embargo, en los países del segundo mundo es difícil poder hacer tal distinción. Esta es una de las razones para no incluir estos países en el análisis.

Un tercer problema es la comparación de las cuentas nacionales. Los ingresos no son siempre idénticos. Esta es otra razón para excluir a los países del segundo mundo. Sólo tenemos estadísticas más o menos comparables de los países del primer mundo e incluso en estos países las estadísticas existentes no permiten realizar la comparación de los principales gastos de servicios sociales. Únicamente disponemos de datos específicos de doce países (Flora 1983), que es un número demasiado bajo. En consecuencia debemos hacerlo con categorías más globales de los gastos del gobierno.

En el análisis se han utilizado seis indicadores diferentes. Los datos mostrados en este estudio están basados en los gastos de la seguridad social.

Medidas de (des) igualdad

Anteriormente hemos definido la igualdad social como oportunidades de vida iguales. La igualdad de las oportunidades entre los ciudadanos de un país se puede medir de dos formas: por la igualdad de recursos y por la igualdad de resultados. Obviamente, ‘Los recursos’ y ‘los resultados’ están relacionados: los recursos generalmente ayudan a conseguir resultados. No obstante, estos conceptos no son iguales. Los recursos pueden ser irrelevantes para ciertos objetivos o se pueden utilizar de manera inadecuada. En economía, los conceptos análogos son ‘capital’ y ‘beneficio’.

Desigualdad en los recursos

Medir la desigualdad social por la desigualdad en la disposición de los recursos presenta dos problemas:

            El primero es que se pueden medir, como mucho,  algunas diferencias en los recursos, pero nunca todas las diferencias que posiblemente influyan en la calidad de vida. Es el mismo problema que se da cuando valoramos la salud de las personas: los síntomas vulgares como el catarro o la fiebre no son suficientes para indicar la salud global.

            En esta línea, el segundo problema es que no sabemos cuáles son los recursos más importantes para una buena vida y, por lo tanto, es difícil seleccionar unas cuantas diferencias que indiquen, de una forma válida,  una desigualdad social más extendida. La opinión actual en este sentido parece ser que los recursos financieros resultan más decisivos para la calidad de vida y los indicadores de desigualdad social son los más utilizados.

            El tercer problema es que la relevancia de la mayoría de los recursos es variable dependiendo de las personas y de las categorías sociales. Los ingresos monetarios son menos esenciales para un idealista que para un materialista, igual que son menos importantes para un estudiante soltero que para un padre de familia.

            Estos problemas se pueden evitar con el enfoque alternativo de medir la desigualdad social mediante la desigualdad de calidad de vida.

En el contexto de las ‘oportunidades de vida’, el concepto de “recursos” se refiere a las condiciones previas para una buena vida; dicho de otro modo, ( calidad de) condiciones de vida. En algunos debates sobre la desigualdad social se hace especial hincapié en los recursos socio - económicos como ‘ingresos’, ‘salud’, ‘poder’ y ‘prestigio social’. Se considera que existe menor igualdad en un país, cuanto mayor es la diferencia entre ricos y pobres, cuanto mayor es la diferencia de poder entre gobernantes y gobernados y más amplia la escala de prestigio social.

            En general es difícil comparar la desigualdad del poder político y el prestigio social de los distintos países; las diferencias financieras se pueden comparar más fácilmente. De ahí que la manera más corriente de medir la falta de igualdad social sea por la desigualdad de la renta.

            La desigualdad de la renta en las naciones se puede medir en los puntos más extremos de la distribución de ingresos: por ejemplo, por el porcentaje del ingreso total que obtiene el 10% de las personas más ricas o por el porcentaje de la población que se halla por debajo de la línea de pobreza de la mitad del ingreso modal. Existen también medidas que tienen en cuenta la distribución de ingresos completa; una de éstas es el coeficiente de Gini, que será empleado aquí.

La desigualdad en la calidad de vida.

La desigualdad social se puede medir también por el resultado aparente del reparto social. Si en una sociedad algunas personas se consumen mientras que otras prosperan, existe una desigualdad innegable: incluso aunque no sepamos si realmente esas diferencias en las condiciones preestablecidas (recursos) son responsables de esta variación de resultados (calidad de vida), ni de qué modo lo son.

            El grado de prosperidad realmente alcanzado por la gente es lo que consideramos normalmente  ‘calidad de vida’ o ‘bienestar’ (global).

Existe un problema al emplear estos términos y es que también se utilizan para manejar los recursos (condiciones de vida beneficiosas). Para evitar confusiones con estas supuestas condiciones previas para lograr una buena vida, hablaré de calidad de vida  o bienestar realizados.

El grado con el cual las personas prosperan se puede medir de diversas maneras: una de ellas es centrarse en  su prosperidad física, otra es observar su bienestar psicológico.

Desigualdad en la esperanza de vida

El grado con el cual las personas prosperan físicamente se puede medir de varias maneras: por su capacidad de actuación, por la ausencia de discapacidades y por el sentimiento de salud subjetivo. La esperanza de vida también es una buena indicación; los datos existentes únicamente son comparables sobre este último indicador. Todos los países del primer mundo tienen estadísticas de mortalidad bastante fiables que registran la edad a la que muere la gente.

            Naturalmente, no todas las personas viven el mismo tiempo; unas mueren a los 40 y otras a los 80. Como en el caso de la renta, esta desigualdad se puede expresar utilizando el coeficiente de Gini. La comparación de los indicadores entre países revela que la longevidad está distribuida de manera menos desigual que la renta. Los datos obtenidos muestran que los coeficientes de Gini varían entre 0.10 y 0.13, mientras la desigualdad de los ingresos en los mismos países varía entre 0.27 y 0.41. Japón destaca como el país con menor desigualdad en esperanza de vida: (Coeficiente de Gini 0.101). Los japoneses no solamente viven mucho, sino que la mayoría vive el mismo tiempo.

            Entre los países del primer mundo, Canadá registra la peor puntuación (Gini 0.128). Hacia 1960, la desigualdad en la esperanza de vida  era considerablemente mayor en los países del segundo mundo: p.ej. 0.20 de coeficiente de Gini en Yugoslavia y 0.17 en la antigua Unión Soviética. (Datos no mostrados, ver Ultee 1998).

Desigualdad en la vida satisfactoria.

Al igual que el bienestar físico, el bienestar psicológico también se puede medir por medio del comportamiento, discapacidad y satisfacción subjetiva. Las medidas del comportamiento y de las discapacidades son muy problemáticas y difícilmente comparables entre naciones.

Se pueden utilizar mejor las medidas de la satisfacción subjetiva, especialmente las de satisfacción de vida. En otra parte he revisado la validez de las preguntas de las encuestas sobre esta materia y su valor comparativo entre naciones (Veenhoven 1984, 1989).

Satisfacción de vida.  La satisfacción de vida se puede medir preguntando sencillamente a las personas cuánto aprecian su vida. En un país, cuando se plantea esta pregunta a una muestra representativa de la población, podemos establecer el nivel de satisfacción en ese país calculando el valor medio y la desigualdad en la felicidad, considerando la dispersión de los valores, medida por la desviación estándar.

Preguntas apropiadas.  La dispersión de la satisfacción de vida en los países se observa mejor cuando las preguntas nos aportan una gama amplia de categorías de respuestas. La mejor enumeración existente sobre este asunto es la “Escala de Valoración de 11 puntos de Cantril” (1965).

Este cuestionario no sólo proporciona la escala de valoración más amplia, sino que también evita el problema semántico. Las preguntas no emplean términos como ‘felicidad’ o ‘satisfacción de vida’, sino que invitan a realizar una valoración de la vida presente en una escala de valores que va desde la ‘mejor posible’ hasta la ‘peor vida posible’. Este cuestionario se ha utilizado en dos encuestas a nivel mundial: en 1960 (Cantril 1965) y en 1975 (Kettering/Gallup 1976). Por desgracia, los datos de la encuesta de 1960 no se han manifestado por completo, porque Cantril agrupó los resultados en tres categorías. En la encuesta de 1975, el muestreo se hizo entre diversas partes del mundo en lugar de hacerse entre naciones. Una pregunta similar se planteó en la Encuesta Mundial de Valores (World Value Study) a principios de los años 80; sin embargo, este estudio se refería solamente a 12 naciones del primer mundo, que es un número demasiado bajo para poder sacar conclusiones significativas.

Se puede realizar un muestreo nacional más amplio si hacemos las preguntas de manera que inviten al que responde a valorar su felicidad según una escala de 3 puntos; por regla general, estas cuestiones se formulan de la siguiente manera: “Generalmente hablando, ¿cómo de feliz diría usted que es: muy feliz, bastante feliz o no demasiado feliz? Hacia 1980, en las encuestas de 28 países se formulaban preguntas de ese estilo; más que lo encontrado en ningún otro cuestionario, aunque también tiene sus inconvenientes:

En primer lugar, el campo es corto. En segundo lugar, la palabra felicidad y sus traducciones pueden sesgar las respuestas. Y en tercer lugar, las formulaciones de las preguntas no son del todo iguales.

            Considerando la posibilidad de elegir entre los datos perfectos obtenidos de demasiados pocos países y los datos no tan perfectos de un número suficiente de países, me incliné por la última opción.

Medida de la Dispersión  La desigualdad en la felicidad se puede evaluar mediante varias medidas estadísticas de varianza. Existen medidas para el grado con el cual las distribuciones son bimodales, para el grado con el cual son simétricas y para las extendidas o planas. Para nuestro propósito el manejo de las medidas de ‘extensión’ son las más apropiadas.

            La medida más corriente de dispersión es la desviación estándar (S), que es la raíz cuadrada de la media de la suma de los cuadrados de las diferencias entre las observaciones y el valor medio de dichas observaciones:

Donde: S es la desviación estándar. X  el valor de cada observación.

X el valor medio de las observaciones.

                n   el número de observaciones.

Las desviaciones estándar se calcularon para cada uno de los 28 países.

Un problema con esta medida de dispersión es que no es independiente de la media de la variable que nos concierne. La posible variación en la desviación estándar es mayor si el valor medio está en el centro del rango posible que si está en los extremos. La posible variación de la desviación estándar, en los tres estados de la escala de felicidad que aquí usamos, está representada por la zona sombreada en el diagrama 2a. En la exposición 2b están trazadas las desviaciones estándar observadas, con lo cual se puede ver que la variación posible sobre el eje de ordenadas ‘y’ es mucho más pequeña en el caso de las naciones más felices y de las más infelices (Holanda e India respectivamente). Las desviaciones estándar sin procesar de Alemania y Holanda son más o menos las mismas (0.54 y 0.56 respectivamente). Sin embargo, cuando se considera la posición relativa sobre el rango posible, los holandeses están claramente más cerca de la máxima igualdad factible en sus niveles de felicidad. Este parámetro estadístico puede corregirse transformando todas las desviaciones estándar en un indicador del mismo rango, p. ej. ‘alargando’ los rangos más cortos hasta los extremos  del rango 0 – 1 en la mediana. Este artificio matemático produce las desviaciones estándar corregidas.

Las desviaciones estándar corregidas se calcularon por la siguiente fórmula:

                                  DS no corregida   – DS mínima posible

DS Corregida = ---------------------------------------------------

                                  DS máxima posible – DS mínima posible

Donde la DS mínima posible =  raíz cuadrada de 0.52 – (media – 1.5)2   (si la media es <2)

                                             Ó raíz cuadrada de 0.52 - (media – 2.5)2    (si la media es >2)

DS máxima posible = raíz cuadrada de 12 – (media – 2)2

DS es la Desviación Estándar.

Intercorrelaciones

Los dos indicadores de igualdad en la calidad de vida apenas aparecen relacionados estadísticamente (r = +0.11,  no significativa en una muestra de 17 naciones). Aparentemente representan dos aspectos independientes de igualdad. ( ‘r’ es el coeficiente de correlación)

ANÁLISIS

Comprobaciones para falsas deformaciones

La desigualdad social depende de las naciones más que del Estado de Bienestar en sí.

Otros supuestos reconocidos son el desarrollo económico y la democracia política. Las diferencias en estas consideraciones entre las naciones valoradas pueden enmascarar el efecto único  del bienestar del estado en la igualdad social. Por lo tanto, se calculan las correlaciones parciales controlando la salud y la democracia. Dado el tamaño de la muestra, estas variables no se pueden controlar al mismo tiempo.

       La riqueza económica de las naciones se mide por el Producto Doméstico Bruto ‘Real’ per cápita (RDGP). Esta medida es mejor que el Producto Nacional Bruto (GNP). En lugar de medir el incremento de dinero, mide el actual poder adquisitivo; Se han obtenido los datos del trabajo de Summers & Heston (1988).

       La democracia política se mide por el grado en que las leyes y la imposición de éstas en los países garantizan los derechos políticos y las libertades civiles; Se han obtenido los datos de Gastril (1987) y cubren desde 1973 a 1986.

Transversal y longitudinal

Una primera prueba de la hipótesis nula  es comprobar si la desigualdad social es realmente más baja en las naciones donde el esfuerzo del Estado de Bienestar está más extendido. Sin embargo, este análisis transversal  no puede establecer el resultado de manera definitiva. Es posible que un alto bienestar del estado reduzca la desigualdad, pero que este progreso no sea visible en los indicadores de igualdad actuales porque el bienestar del estado se expandió más en sociedades que inicialmente fueron desiguales.

       Por lo tanto, el análisis transversal  se completa con uno longitudinal. El Cambio en el esfuerzo del Estado de Bienestar durante las últimas décadas (de crecimiento en todos los casos) se cruza con el cambio en la desigualdad social en ese período, de 1950 a 1980. Por desgracia, los datos sobre el cambio en la igualdad social no están completos.

RESULTADOS

El esfuerzo del Estado de Bienestar y la desigualdad de ingresos

Análisis transversal  El diagrama de dispersión del documento 2 presenta la relación entre los gastos de seguridad social y la desigualdad de la renta en torno a 1980. La distribución de los ingresos tiende a ser más igual en los países que gastan más en seguridad social. La relación, sin embargo, es pequeña: r = -0.43 (p<05).

       La mayoría de los casos contrastados en el  diagrama son Holanda (el de mayor bienestar y menor desigualdad) y Portugal (el de menor bienestar y mayor desigualdad). Suecia y Estados Unidos difieren menos de lo cabría esperar; aunque son muy diferentes en el esfuerzo del Estado de Bienestar, estos países casi no difieren en la igualdad de la renta. Japón es una excepción de este modelo, pese a que los ingresos del Estado de Bienestar están distribuidos bastante equitativamente.

Análisis longitudinal  No he podido encontrar tendencias comparables en los países aquí citados. Por lo tanto, no es posible establecer si el desarrollo en las últimas décadas de la seguridad social ha ido acompañado de un declive en la desigualdad de la renta en estos países.

El esfuerzo del Estado de Bienestar e igualdad en calidad de vida

La igualdad en la satisfacción de vida

El análisis transversal.    En el diagrama de la exposición 3, los gastos de la seguridad social en 1980 se cruzan con la dispersión de la satisfacción de vida para el mismo período. Apenas existe ninguna relación. La tendencia es contraria a lo previsto, la desigualdad es ligeramente mayor en los países que gastan más en seguridad social (r = +0.18, no significativo). Los controles para la riqueza y democracia no cambian la estructura. (Los datos no se muestran).

       El uso de otro indicador del esfuerzo del Estado de Bienestar (gastos gubernamentales) produce también relaciones no significativas, pero en este caso, en la dirección pronosticada (r = -0.21, no significativa). No obstante, este ligero efecto desaparece completamente después del control de riqueza y democracia. (Datos no mostrados).

    La correlación se aproxima a cero, por lo tanto se puede concluir que estas variables no están relacionadas.

Análisis longitudinal  Los datos sobre el cambio de la dispersión de la felicidad durante las últimas décadas existen sólo para 8 países. En 5 de ellos, la dispersión de la felicidad queda al mismo nivel (Italia, Holanda, Noruega, Reino Unido y Estados Unidos), en dos países la dispersión se ha incrementado (Francia y Alemania) y en un país ha decrecido sustancialmente (Australia). La presentación nº 3 muestra que estos cambios no corresponden con el de los gastos de seguridad social de estos países.

Igualdad en la esperanza de vida

Análisis transversal.   El diagrama de dispersión indicado en la exposición nº 4 cruza la dispersión de longevidad con los gastos de seguridad social. Aunque la tendencia está en la dirección esperada, no existe correlación significativa: r = -0.14 (n.s.).

            Los contrastes típicos están en el lado izquierdo del diagrama y son Canadá y Estados Unidos ( bajo Estado de Bienestar y alta desigualdad) y en el lado derecho: Suecia y Holanda (altos en bienestar y bajos en desigualdad). Japón vuelve a ser la excepción con un bajo Estado de Bienestar, pero con la menor  desigualdad de todos ellos.

            El uso de otros indicadores del esfuerzo del Estado de Bienestar no muestran resultados diferentes, ni el control de salud de la nación ni la democracia política. (Datos no mostrados).

Análisis longitudinal.  Como se ha indicado anteriormente, la desigualdad en la esperanza de vida ha disminuido algo en todas las naciones occidentales durante las últimas décadas. En gran medida, aunque no exclusivamente, como resultado del descenso de la mortalidad infantil. La presentación 5 cruza estas disminuciones con los aumentos de los gastos en seguridad social. Esta vez los datos no están representados en diagrama.  La nivelación de las diferencias de longevidad es más probable cuanto mayor sea la desigualdad al principio: en los países que ya habían alcanzado un  nivel de mortalidad infantil bajo se puede progresar menos, de modo que se consideran los países con relación a su posición de partida: de baja, media o alta desigualdad.

            La inspección de los países que ya habían alcanzado una baja desigualdad en 1960 muestra un mayor progreso en aquellos cuyo bienestar del estado se expandió más.

            Sin embargo, en el nivel medio el cuadro es diferente. El progreso es algo mayor en los países que menos incrementaron los gastos de seguridad social (Australia y Suiza).

            Entre los países que tenían una mayor desigualdad al comienzo, la mayor reducción en desigualdad también coincide con el país que menos incrementó sus gastos en seguridad social (Japón). Desgraciadamente no hay grandes derrochadores en esta categoría.

            Otra vez la conclusión es que no hay una clara relación estadística.   

DISCUSIÓN

Los datos indican que un papel prominente del Estado paternalista en el suministro del bienestar produce una mayor igualdad en la distribución de la renta. Otros recursos socio - económicos, no evaluados aquí, probablemente estén distribuidos más equitativamente en los Estados de Bienestar más extendidos. Sin embargo, a pesar de este éxito, un nivel del Estado de Bienestar relativamente alto no parece que contribuya a alcanzar una mayor igualdad en una calidad de vida más amplia. Este resultado puede parecer intuitivo para la mayoría de nosotros, particularmente porque la actual discusión se centra demasiado en el balance de la necesidad económica de los recortes de bienestar frente a los inconvenientes de una mayor desigualdad. De ahí que el lector se plantee obligatoriamente dos preguntas: ‘¿Es eso realmente cierto?’ y ‘¿Cómo puede ser?’.

Limitaciones de los datos

Hay varias razones para desconfiar de estos resultados. Las dudas pueden surgir de las muestras, de los indicadores y del análisis.

Tamaño de muestra.   La muestra de las naciones que empleamos aquí es de un máximo de 22 e incluso en varios análisis es menor. El resultado es que unos pocos casos excepcionales pueden distorsionar una tendencia general; Japón es un ejemplo de este hecho. Un número pequeño también establece límites para el control de otros factores que pueden afectar a la desigualdad social. Yo consideraría los efectos de ‘riqueza’ y ‘democracia’ por separado, pero no simultáneamente.

       Existen algunas cosas que hay que considerar antes de rechazar los resultados en los terrenos en los que nos movemos. La primera es que se trata de una muestra mayor que cualquier otra considerada anteriormente. La segunda es que la muestra no se puede ampliar demasiado. Como mucho podemos conseguir unos 30 casos. Simplemente, no hay más países del primer mundo. La extensión a otro tipo de naciones, inevitablemente reduce la significación de los resultados que discutimos aquí sobre el Estado de Bienestar del primer mundo.

Indicadores Hay más indicadores sobre el esfuerzo del Estado de Bienestar que los gastos de seguridad social usados aquí. Otros indicadores que recalcan diferentes aspectos del Estado de Bienestar podrían producir distintos resultados. Un análisis preliminar con cinco indicadores diferentes (no mostrados aquí) indican sin duda que los países no evalúan de igual forma y establecen bastantes correlaciones de dispersión con los diferentes indicadores de igualdad social. Sin embargo, ninguna otra medida del esfuerzo del Estado de Bienestar parece producir relaciones consistentes; todas las correlaciones se aproximan a cero.

       Existen varias razones para cuestionar la validez de la medida de desigualdad en la satisfacción con la vida. No es fácil medir la satisfacción de vida como tal y la medida de dispersión (desviación estándar corregida) no es ideal. Por ambas razones es preferible el uso de la Escala de Valoración de Cantrils (1965) sobre la vida actual. Además, por ahora no existe otra alternativa. No encuentro ninguna limitación particular para el indicador de desigualdad de la esperanza de vida que aquí se usa.

       También se puede cuestionar la importancia del concepto de igualdad en calidad de vida. Una objeción puede ser que la igualdad en este sentido puede existir en forma de desigualdades alarmantes sobre los recursos escasos. Ese puede ser el caso en una sociedad totalitarista donde los gobernantes son igual de infelices y enfermizos que los gobernados. Esa igualdad en la miseria no traduciría la corrección de diferencias en poder, renta y estima. Hay cierta parte de verdad en este argumento, aunque el juicio es menos fácil si en esa sociedad totalitarista todo el mundo es muy feliz y está muy sano. La conclusión es incluso menos cierta en la situación que aquí contemplamos: una sociedad democrática con un nivel de desigualdades de recursos socio – económicos bajo, hecho histórico sin precedentes, y un nivel elevado de igualdad de vida (un nivel alto también sin precedentes): ¿Por qué preocuparse por las desigualdades socio - económicas permanentes si no hacen daño?

Período de tiempo   El efecto del Estado de Bienestar sobre la distribución de los ingresos es bastante directo y, por lo tanto, bastante probable que aparezca en los análisis transversales y que continúe varios años. Posiblemente los efectos sobre la dispersión de la satisfacción de vida se manifiesten por sí mismos después de décadas. De ser así, estos efectos no se podrían mostrar en las comparaciones transversales y posiblemente aparecería solamente, de manera imperfecta, en los análisis longitudinales. De hecho, un análisis secuencial es el más adecuado en este caso: el incremento del Estado de Bienestar durante una década y la consiguiente reducción de la desigualdad en las décadas posteriores. Los datos disponibles no permiten tal comparación.

Variables de Control.  La desigualdad social en las naciones está claramente determinada por otros muchos factores que pueden enmascarar los efectos del esfuerzo del Estado de Bienestar en una relación estadística. El control para la prosperidad económica y la democracia política no revela una relación escondida. Posiblemente otros falsos factores disfracen una conexión. Sin embargo, no veo candidatos posibles. Todas estas limitaciones metodológicas invitarían a no hacer caso de estos resultados molestos, aunque eso nos deja la incertidumbre de la especulación teórica, que no suministra una base sólida.

Explicaciones

Mayor igualdad en la renta.  La observación de que los Estados de Bienestar amplios distribuyen los ingresos de una manera más equitativa que aquellos que están limitados afirma lo que ‘los de izquierdas’ argumentaban anteriormente. Aparentemente el estado es más capaz y complaciente para redistribuir la renta que otras instituciones de Bienestar. Esto no significa que los argumentos en contra formulados por el ala derecha no se apliquen en absoluto. Las pequeñas diferencias y la modesta correlación indican que los efectos negativos también están realmente implicados.

No existe mayor igualdad en la calidad de vida.  El hecho de que una mayor igualdad de renta en los Estados de Bienestar amplios no vaya acompañada de una mayor igualdad en la felicidad y longevidad, indica que las diferencias de renta no son importantes para la felicidad y la salud en las naciones actuales del primer mundo y existen numerosos estudios a este respecto que lo prueban.

      Las encuestas realizadas sobre la satisfacción de vida generalmente muestran correlaciones bajas con las variables del estado socio – económico, como son la renta y la educación. En varios países estas correlaciones han caído a cero en las últimas décadas (Veenhoven 1984: 197-204). Los estudios sobre salud y mortalidad muestran consistentes diferencias socio - económicas, pero el nivel más bajo de salud  al final de la escala social no depende tanto del resultado del poder adquisitivo, sino más bien del estilo de vida y de la movilidad social selectiva. La reducida importancia de la elevada renta y del prestigio social está también reflejada en las encuestas sobre los objetivos de vida y fuentes de obtención de felicidad. Las cuestiones monetarias y de carrera  ya no figuran entre las prioridades más sobresalientes.

       Actualmente, la felicidad y la salud física dependen más de otras condiciones predeterminadas: en particular de la ayuda social de las necesidades primarias. Si existe una nueva clase marginada en la sociedad occidental es la de los solteros. Esta categoría tiene menos ‘oportunidades’ para una ayuda privada y es, por tanto, más vulnerable para la soledad, la depresión y la mala salud. Los solteros, por término medio,  disfrutan menos de la vida y mueren a una edad más temprana (Veenhoven 1989). Esta situación se debe en parte a la organización social (apartarse de la vida pública, cese de relaciones familiares) y en parte a las aptitudes personales (intimidad moderna que requiere p.ej. empatía y firmeza). Por supuesto, estos temas quedan fuera del control del Estado de Bienestar.

       Junto al incremento general de riqueza, la aparición del Estado de Bienestar parece haber eliminado la pobreza real en la sociedad occidental moderna. Toda renta superior a ese nivel es obviamente bienvenida, pero no se añade sustancialmente a la “prosperidad” de las personas. Los ingresos complementarios proporcionados por Estados benevolentes de Bienestar, no son una excepción.

CONCLUSIÓN

Todos las naciones occidentales modernas intentan reducir la desigualdad social y para lograr tal propósito proporcionan diversos servicios de Bienestar. Las naciones cuyo esfuerzo del Estado de Bienestar es más grande consiguieron una mayor reducción de la desigualdad de la renta. Sin embargo, estas naciones no destacan por una mayor igualdad en calidad de vida realizada, medida por la dispersión de la satisfacción de vida y la longevidad. Probablemente ello se debe a que las diferencias de ingresos apenas afectan ya a la satisfacción de vida y a la salud, desde que la riqueza económica y la seguridad social mínima garantizan un nivel material de vida suficiente para todos. Esto indica que los Estados de Bienestar más amplios se pueden apurar ligeramente sin riesgo de una excesiva desigualdad.